Rompecabezas | El Grammy como tribuna migrante: Bad Bunny rompe el silencio y exige humanidad a Trump
Hay quienes cruzan escenarios y quienes cruzan desiertos. Hay quienes reciben premios bajo luces perfectas y quienes caminan de noche con el miedo como brújula. La política migratoria suele hablar de cifras, muros y operativos; casi nunca de personas. Reduce trayectorias humanas a estadísticas y convierte la supervivencia en expediente.
Por eso, cuando en la fiesta musical más grande de Estados Unidos alguien decidió romper el guion y hablar de humanidad, la edición 68 de los premios Grammy dejó de ser espectáculo y se convirtió en tribuna.
Benito Antonio Martínez Ocasio, portorriqueño de nacimiento y neoyorkino por ocasión, más conocido como Bad Bunny, cantante de moda, voz millennial y figura global, transformó una ceremonia diseñada para entretener en un acto político que incomodó al poder y obligó a escuchar: La noche de los “Grammy”.
La entrega de los Grammy es, por definición, un espacio blindado: agradecimientos, emociones dosificadas y activismo cuidadosamente empaquetado para no molestar a patrocinadores ni audiencias amplias. La corrección política suele imponerse como regla no escrita. Esta noche de domingo, en segundos, el micrófono se volvió frontera simbólica y espacio de política migratoria.
El mensaje fue directo contra una política migratoria que normaliza redadas y lenguaje deshumanizante, asociada al endurecimiento impulsado por Donald Trump. No hubo eufemismos ni metáforas evasivas. Hubo una afirmación básica y radical a la vez: la humanidad no se negocia, no se administra y no se condiciona.
No es casual quién habló. El “rey del Trap”, Bad Bunny no es solo un artista exitoso; es hijo de una geografía política fracturada. Puerto Rico es territorio estadounidense sin soberanía plena, ciudadanía sin voto presidencial e identidad atravesada por la injerencia. Crecer ahí significa entender desde temprano lo que implica que otros decidan por ti: en economía, en política y en cultura. Esa experiencia no se improvisa en un escenario: se arrastra, se hereda y se canta.
Por eso su postura no fue un arrebato. Está sembrada en su obra premiada donde el relato íntimo se cruza con lo político. El álbum habla de memoria y de pérdida, de lo que llega “de afuera” y reconfigura lo propio, de barrios y costumbres que cambian y se mudan sin pedir permiso. No hay panfleto: hay nostalgia con filo. En versos breves —más sensación que consigna— aparece la idea de que otros deciden por nosotros y el costo cultural de esa decisión, es silencioso pero persistente.
Cuando un artista convierte la memoria en canción, crea archivo. No dicta leyes, pero fija emociones y deja constancia. En “Debí tirar más fotos” la migración no es solo desplazamiento físico; es desarraigo cotidiano. Fotos que se debieron guardar, palabras que se debieron decir, idiomas que se apagan para encajar, identidades que se adaptan para no desaparecer. Ese es el hilo que conecta el disco con el discurso: ambos dicen lo mismo por vías distintas. Uno canta lo que duele; el otro lo nombra ante el poder, sin pedir permiso.
El punto de quiebre llegó cuando el agradecimiento dejó de ser ritual y se volvió posicionamiento. Desde el escenario del Grammy, Bad Bunny decidió nombrar lo que suele quedar fuera del espectáculo. “Antes de decirle gracias a Dios, quiero decir: ¡ICE fuera!”, dijo, rompiendo la cadencia cómoda de los premios. No fue una provocación vacía, sino una afirmación de identidad y dignidad.
“No somos salvajes, no somos animales, somos humanos y somos estadounidenses también”, añadió, desmontando en una sola frase el lenguaje de deshumanización que ha acompañado el endurecimiento de la política migratoria.
Reconoció el clima de polarización —“Sé que es difícil no odiar en estos tiempos… El odio solo hace que el odio sea más fuerte”— y planteó una salida ética: “Lo único más poderoso que el odio es el amor. Tenemos que ser diferentes. Si peleamos, tenemos que hacerlo con amor”.
El cierre fue íntimo y político a la vez: “No los odiamos, amamos a nuestra gente y a nuestras familias. No lo olviden”. Solo después de eso agradeció a Dios y a la Academia por el premio, como si el orden de las palabras importara tanto como el mensaje.
Ese discurso no cayó en el vacío. Ocurre mientras el Congreso de Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más tensos en materia migratoria. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, enfrenta días decisivos para lograr la aprobación de un paquete de fondos federales que evite un cierre parcial prolongado del gobierno, en medio de un debate cada vez más áspero sobre las amplias operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Johnson ha reconocido que su margen de maniobra depende en buena medida del respaldo del presidente Donald Trump, quien intervino directamente en las negociaciones con el Senado para separar los fondos del Departamento de Seguridad Nacional de un paquete presupuestal más amplio.
Esa decisión llegó tras una fuerte indignación pública, detonada por episodios de violencia durante protestas contra ICE, que colocaron a la agencia en el centro de la controversia nacional.
Según el acuerdo aprobado en el Senado, el Departamento de Seguridad Nacional recibiría financiamiento temporal solo hasta el 13 de febrero, fijando una nueva fecha límite para que el Congreso intente alcanzar un consenso sobre las restricciones y el alcance de las operaciones de ICE.
“El presidente está liderando esto”, dijo Johnson en entrevista televisiva, dejando claro que el debate migratorio no es solo un asunto administrativo, sino una batalla política de alto voltaje. En ese contexto, las palabras pronunciadas en el Grammy adquieren un peso distinto: no fueron un gesto aislado de celebridad, sino una intervención cultural en medio de una discusión legislativa real, con consecuencias inmediatas para millones de personas.
El entretenimiento global premia la neutralidad y penaliza la disidencia. Romper ese equilibrio tiene costos reales. Cuestionar a una agencia federal —y, con ella, una política de Estado— desde el escenario más visto del año no es un gesto inocuo. La reacción fue inmediata y reveladora: aplausos prolongados de quienes se sintieron por fin nombrados y una furia igualmente rápida de quienes reclaman que la música permanezca al margen de la política.
Esa tensión expuso una verdad incómoda: el problema no es que el arte opine, sino que lo haga sobre aquello que el poder preferiría mantener fuera del foco y del horario estelar.
Este mensaje conecta porque millones reconocieron en las palabras de Bad Bunny su propia historia: la del migrante que cruza sin aplausos, la del hijo que aprende a callar el acento para no ser señalado, la de la familia que vive con la ansiedad permanente de una redada. No fue un intento de convencer a detractores ni de suavizar posturas; fue un acto de representación para quienes rara vez son nombrados en prime time. En un ecosistema saturado de ruido, la claridad moral tiene peso y deja marca.
Bad Bunny no cambió la ley migratoria la noche de este domingo. Pero rompió el pacto del silencio elegante. Recordó que la cultura puede ser trinchera y que el escenario también es territorio. En una fiesta diseñada para no incomodar, eligió hacerlo.
Y cuando un cantante millennial convierte al gramófono dorado que representa el premio Grammy en tribuna para afirmar la dignidad humana, algo se mueve: la conversación pública, la incomodidad del poder y el espejo en el que una sociedad se mira, quiera o no. Y eso, hoy, es poder cultural y político.




