El último lector | Irán: la tentación de existir
No pocos miembros de mi generación —los Baby Boomers— han olvidado quien fue Mohammed Reza Pahlevi, el último monarca de Persia, conocido como el “Sha”.
Heredero del trono de su padre, de 1941 a 1979 —fecha de su caída— el Sha intentó hacer del país un bastión de Occidente, siendo más que nada un Estado imperial, con su característico tufo a absolutismo monárquico que terminó derrocado por la actual República Islámica de Irán.
Luego, pasados los años, vendrá la relectura de la acuciosa revolución musulmana —encabezada por el líder religioso Ayatolá Ruhollah Jomeini y partidarios políticos chiitas—y que encontraremos pormenorizada en el libro “El Sha o la desmesura del poder” (Anagrama, 1987) por el periodista Rysard Kapuściński.
Todavía flotan en mi memoria —fragua de espejismos—, la consulta que hacíamos en revistas de la época: páginas de un país que, en el aglomerado de sus calles, hacía gala con lo mejor y más representativo de la moda europea. Era Teherán, la gran capital, un epicentro de fantasías elitistas, en contraposición del embrutecimiento laboral y la alarmante situación moral y económica de Irán, algunos años atrás la quinta fuerza armada más fuerte del planeta.
Ese tiempo terminó a finales de los 70. Los abusos del “rey de reyes”, Mohammed Reza Pahlevi, Sha de Irán, lo precipitó por el alcantarillado de un horror nada misericordioso.
Ahora, en medio de los disturbios civiles de Teherán, da pena escuchar al hijo de quien en su momento fuera el Sha (rey), Reza Pahlevi junior (64 años), al declarar que la situación caótica que se deja sentir en las revueltas es su gran momento “Muro de Berlín” —así lo dice: “Muro de Berlín”—, haciendo referencia a una supuesta “liberación”, facilitándole el regreso como “Rey” de Irán, apoyado por Trump y Netanyahu.
Pahlevi junior no tiene ningún logro que presumir, sino aquel de ser, desde muy joven, un monarca-heredero-exiliado, poseedor de un “nombre” y una gran fortuna, y la sed de un trono que, pasadas las décadas y torcido el siglo, no deja de considerar su propiedad.
Donald Trump y Benjamín Netanyahu no sólo han apoyado la beligerancia criminal en contra de la República Islámica, sino que, en el transcurso de los últimos años, han asesinado a líderes militares, religiosos y políticos, y bombardeado aquello que dan a llamar el “proyecto nuclear de Irán”, el cual “puede ser activado de un día para otro”.
En los días que se aproximan, los medios de información pueden juguetear con la farsa mediática —llevada a cabo puntualmente por el magro periodismo al servicio de las bonanzas de “libertad” del país del Norte— de que la “intervención” de las fuerzas armada de EE.UU. incubarán, a punta de fuego aéreo y terrestre, la demandada “paz salvadora” que Irán tanto necesita.
Nada más ajeno y alejado a la realidad. El imaginario imperial está presente desde su núcleo más corrompido, fomentando la ceguera como obligación y el comportamiento “políticamente correcto” —estúpido e insensible, por decir lo menos— que acarrea el pútrido silencio estancado; es decir, procurando el olvido de las grandes lecciones de Historia (todavía existen libros que las contienen).
Veamos. Se trata de una entrevista extraída del diario “Kayhan”, en tiempos de la dictadura de Mohammed Reza Pahlevi (1954) y la nombraré lección 1: El reportero indaga los logros de un hombre que se dedica a derribar estatuas del Sha:
«—En su barrio se ha ganado usted, Golam, la fama de destrozaestatuas; le consideran incluso todo un veterano en ese campo.
—Es cierto. Las primeras estatuas que destruí fueron las del viejo Sha, el padre de Mohammed Reza, cuando abdicó en 1941. Recuerdo cómo cundió la alegría por toda la ciudad cuando saltó la noticia de que se había marchado. Todo el mundo se lanzó en seguida a destruir sus estatuas. Yo entonces era un muchacho, pero ayudé a mi padre, quien, junto con sus convecinos, derribó el monumento que Reza Khan se había hecho erigir en nuestro barrio. Puedo decir que aquello fue como hacer mis primeras armas» (Periódico 1 / “El Sha…” / R. Kapuściński. Pág. 39)
Lección 2: «El Sha, desprovisto de sus soldados, dejó de contar, dejó de existir. Los ingleses, que respetan incluso a los monarcas que los han traicionado, le ofrecieron una salida honrosa: tenga la bondad Su Alteza de abdicar a favor de su hijo, el heredero del trono. Nos merece buena opinión y le garantizamos nuestro apoyo. Pero ¡no vaya a creer Su Alteza que tiene otra salida! El Sha se muestra conforme y en septiembre del mismo año, 1941, ocupa el trono su hijo de veintidós años Mohammed Reza Pahlevi. El viejo Sah ya es un civil y por primera vez en la vida se pone un traje de paisano. Los ingleses lo llevan en un barco a África, a Johannesburgo (donde muere después de tres años de vida aburrida, aunque cómoda, y de la que no se puede decir mucho más). “We brougth him, we took him”, concluyó Churchill a modo de sentencia (Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos)» (Fotografía 4 / “El Sha…” / R. Kapuściński. Pág. 31 y 32)
Luego, en el Irán de los Reza, vendrá la pusilánime labor de la CIA (la ya conocida Agencia Central de Inteligencia y sus maletas repletas de dólares…).
Ninguna parte del mundo donde EE.UU. atraviesa su hocico famélico y sangrante ha traído tranquilidad y prosperidad, paz o salvación.
¿O no es así?
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