A propósito de Lázaro Cárdenas y las protestas agrícolas en el Valle de Mexicali
Durante las últimas semanas se han llevado a cabo en varios estados del país una serie de protestas de productores agrícolas que se oponen a las reformas a la Ley de Aguas Nacionales (LAN) y que demandan el impulso de políticas integrales de rescate al campo mexicano. En el caso del Valle de Mexicali, agricultores han liberado casetas, bloqueado carreteras y cerrado el cruce comercial fronterizo. Su principal inconformidad es la prohibición de la transmisión de concesiones de agua entre particulares y la posibilidad de que los volúmenes que no se usen para el fin que se concesionó se regresen a la nación. Los campesinos mexicalenses argumentan que con estas medidas se les puede despojar del derecho de agua que el gobierno de Lázaro Cárdenas les otorgó en 1937.
Me parece importante rescatar el legado político de Cárdenas y el proyecto de reforma agraria que se impulsó durante su gobierno (1934-1940), no sólo como defensa del derecho legítimo al agua agrícola y de la integridad del binomio tierra-agua, sino como parte de la batalla cultural e ideológica que está ocurriendo en el país y en el mundo. Y es que he escuchado que entre agricultores se han estado difundiendo ciertos discursos que son contrarios al ideario y obra del General michoacano. Un agricultor en protesta mencionó, por ejemplo, que con los cambios a la LAN el gobierno federal busca ejercer un control autoritario del agua y que esto es propio de “regímenes comunistas como los de Cuba y Venezuela”.
Si bien detrás de este discurso está una enorme ofensiva cultural y propagandística que viene desde la Guerra Fría y que se ha intensificado en los últimos años ante la crisis del neoliberalismo y con el impulso de una ola de ultraderecha encabezada por Donald Trump, es importante mencionar que el actual gobierno emanado de Morena dista mucho de ser socialista o tener un horizonte comunista. Quienes sí tienen raíces socialistas y comunistas son, precisamente, Lázaro Cárdenas y el agrarismo en el Valle de Mexicali.
Desde el inicio de la lucha contra la Colorado River Land Company (CRLC) y su latifundio en Mexicali se puede observar esta veta roja: el primer jaque que tuvo esta compañía estadounidense fue la rebelión del Partido Liberal Mexicano (PLM) que inició con la toma de Mexicali el 29 de enero de 1911. En esta acción participaron militantes anarquistas, socialistas y comunistas pertenecientes al PLM y a la Industrial Workers of the World (IWW). Si bien esta rebelión no tuvo éxito, dejó sembrada la semilla de la lucha por “Tierra y Libertad”. Luego vinieron las luchas de sindicatos campesinos que se formaron en el valle durante la década de 1920-1930 y que asumían al socialismo como bandera política. Prueba de ello es el manifiesto del 24 de marzo de 1930 en el que denuncian la existencia del latifundio de la CRLC y que concluía con la frase “Salud y Comunismo Libertario”.
El Comité Álamo Mocho, considerado precursor del agrarismo en Mexicali, fue parte de esa corriente. En mayo de 1930 varios de sus integrantes fueron aprehendidos y trasladados al penal de las Islas Marías. Según la versión de un testigo recogida por Yolanda Sánchez Ogaz, no los detuvieron por solicitar la regularización de sus tierras, sino “por comunistas”. Afortunadamente se encontraron como director del penal a otro revolucionario socialista: el General Francisco J. Múgica. El también michoacano había sido cercano al PLM y como diputado constituyente fue parte de la corriente radical que impulsó la Reforma Agraria en la Constitución de 1917. Múgica ayudó a liberar a los campesinos mexicalenses y años después, ya como parte del gabinete de Cárdenas, alentó la formación de comunidades agrarias en el Valle de Mexicali. Fue así que nació la Federación de Comunidades Agrarias del Territorio Norte de Baja California, organizadora del Asalto a las Tierras, que ocurrió el 27 de enero de 1937 y que provocó la expropiación de la CRLC y el reparto agrario.
El dirigente de esta federación, Hipólito Rentería, también tiene una veta comunista. Rentería había participado en la toma de haciendas en su natal Michoacán a mediados de la década de 1920. Durante esos años se vivió en Michoacán una lucha agrarista muy radical, la cual fue apoyada desde la gubernatura del estado por el propio Múgica, quien fue gobernador de 1920 a 1922. Las tomas de tierras fueron organizadas por la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas de Michoacán, cuyo principal dirigente fue Primo Tapia, un militante comunista que trabajó con el PLM y la IWW cuando estuvo exiliado en Estados Unidos. Tras el asesinato de Tapia en 1926 se desató una ola de persecución y represión hacia el llamado “agrarismo rojo”. Fue así como Rentería y sus primos, los hermanos Guillén, huyeron del estado, exiliándose en Estados Unidos y al tiempo llegaron a Mexicali donde continuaron su lucha por la tierra.
En cuanto a Lázaro Cárdenas, su gobierno es reconocido por las importantes reformas y medidas socialistas que implementó, no sólo el reparto agrario, sino también la expropiación petrolera, la nacionalización de los ferrocarriles, el apoyo a sindicatos obreros y campesinos, la educación socialista, la solidaridad con los exiliados republicanos españoles y el antiimperialismo y antifascismo como política exterior. Su proyecto nacionalista y revolucionario fue combatido por sectores conservadores compuestos por militares reaccionarios, el clero, sinarquistas, clases medias y el empresariado. De ahí proviene el Partido Acción Nacional (PAN), el cual se formó en 1939 en oposición a las policías socialistas y al “control gubernamental” del gobierno de Cárdenas, al que calificaban de “comunista” y de ataques a “la propiedad privada y la familia”.
Tras finalizar su gobierno, Cárdenas siguió demostrando sus férreas convicciones socialistas. Así lo hizo con su apoyo a la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro. Incluso intentó viajar a la isla para participar en la defensa armada de Cuba ante la invasión de Bahía de Cochinos respaldada por la CIA. También viajó a la República Popular de China y a la Unión Soviética; se opuso a la guerra de Vietnam y apoyó al movimiento estudiantil de 1968. Una de sus principales apuestas políticas fue la fundación del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) en 1961, organización que aglutinaba al conjunto de la izquierda mexicana y que promovía la lucha antiimperialista y el impulso del socialismo en México.
Volviendo al Valle de Mexicali, tras el reparto agrario, Lázaro Cárdenas continuó teniendo un importante vínculo e influencia en las luchas campesinas. Durante las protestas por la salinidad (1961-1974), el grupo más radical y combativo fue el encabezado por Alfonso Garzón, líder de la Central Campesina Independiente (CCI), vinculada al MLN, a Cárdenas y al ex-gobernador Braulio Maldonado. Este grupo organizó en 1962 la “caravana de la sal” rumbo a la Ciudad de México, donde denunciaron la contaminación salina de las aguas mexicanas del río Colorado como una agresión imperialista de Estados Unidos. También defendieron la dotación equitativa de agua para los ejidatarios, pues en el contexto de la salinidad el distrito de riego beneficiaba a los colonos adinerados, y protestaron contra el aumento de las cuotas de riego. Las protestas contra la salinidad son consideradas el mayor levantamiento campesino en Mexicali después del Asalto a las Tierras.
Finalmente, vale la pena hablar sobre el proyecto de reforma agraria de Cárdenas y su aplicación en el Valle de Mexicali. Durante su sexenio se vivió una intensa transformación del campo mexicano mediante el reparto agrario, las políticas de crédito a través de la creación del Banco Nacional de Crédito Ejidal en 1935, la edificación de obras de pequeña y mediana irrigación, la educación campesina (incluyendo la creación de normales rurales) y el impulso de Ligas Femeniles.
Al igual que en los principales repartos durante el sexenio cardenista, en el Valle de Mexicali se impulsó la creación de ejidos colectivos, los cuales funcionaban como cooperativas agrícolas, sin parcelamiento individual. Este sistema implicaba la operación del crédito de forma colectiva y la utilización común de maquinaria y equipo agrícola. Las utilidades de la producción se distribuían proporcionalmente al trabajo de cada ejidatario. Su impulso tenía un sentido ideológico, pero también práctico: posibilitar la producción de algodón y otros cultivos que requerían grandes inversiones (tecnología y crédito), mismas que estaban fuera del alcance de productores aislados en parcelas individuales.
Si bien los ejidos colectivos tuvieron muchos problemas internos, principalmente inconformidades debido a la falta de correspondencia entre el trabajo efectuado y la distribución de utilidades (lo cual se debió, en gran medida, al hecho de que muchos ejidatarios no tenían experiencia previa en labores agrícolas), Cárdenas siempre privilegió el sistema ejidal colectivo y cooperativista, por sobre el individual. Así lo demostró en una visita que realizó al Valle de Mexicali en 1939, cuando un grupo de ejidatarios protestó solicitando el parcelamiento individual, a lo que el presidente respondió explicando los beneficios del ejido colectivo y remarcó que ese sistema continuaría. No fue hasta el sexenio de Ávila Camacho que las tierras se fraccionaron y se entregaron títulos individuales. Este último dio un viraje a la política agrícola de Cárdenas, impulsando una contrarreforma agraria que concebía a la propiedad privada como base de la modernización de la agricultura mexicana.
En cuanto al agua, según la historiadora Dorothy P. Kerig, la velocidad con la que se realizó el reparto en Mexicali buscaba asegurar el uso mexicano del agua ante el peligro que significaba la entrada en operación de la Presa Hoover y la construcción del Canal Todo Americano. Con el incremento del uso del agua en territorio mexicano se consolidaría el derecho de “apropiación previa” de México sobre el río Colorado, lo cual serviría como base para la negociación del tratado internacional de aguas que ya se empezaba a discutir. Así, el usufructo de la tierra serviría para reclamar el usufructo del agua.
No obstante, aunque la tierra pasó a manos mexicanas, la distribución del agua a través del Canal Álamo y la red mayor de canales continuó bajo administración de la Compañía de Terrenos y Aguas de Baja California, filial del Imperial Irrigation District. De hecho, la dependencia de la distribución de agua hacia esta compañía influyó en la extensión de las dotaciones de tierra. El Departamento Agrario realizó un cálculo de la superficie mínima que se debía de sembrar, tras pagar la cuota del agua, para obtener utilidades suficientes para el sostenimiento de cada campesino y sus familias, determinado que debían dotarse 20 hectáreas por ejidatario (y 20 hectáreas adicionales para la parcela escolar). No fue hasta 1938 que se creó el Distrito de Riego Río Colorado, con el objetivo de impulsar la administración mexicana de las aguas en el valle. Este distrito, con apoyo del banco ejidal, inició la apertura de nuevos sistemas de riego (canales secundarios) en lugares donde no existían, lo que permitió extender el área agrícola al sur del delta del río.
Regresando al inicio de este artículo, es importante no caer en los discursos simplistas de la derecha que, ante cualquier atisbo de progresismo o desvío del recetario neoliberal, vociferan de forma alarmante un avance hacia el “comunismo”. Y menos hacerlo reivindicando la figura de Lázaro Cárdenas, porque su gobierno es lo más cercano que ha existido en México a la Revolución Cubana o a la Revolución Bolivariana de Venezuela. Porque así como el conservadurismo (y el imperialismo) hoy demoniza a ambas experiencias, también demonizó en su momento al gobierno revolucionario del michoacano.
Asimismo, considero importante rescatar el proyecto de reforma agraria y el legado político de Cárdenas como una alternativa a los actuales problemas del campo y del país. Por ejemplo, ante la crisis de rentabilidad en la agricultura, que orilla a muchos ejidatarios a rentar su tierra y/o su derecho de agua, una alternativa podría ser rescatar el proyecto del ejido colectivo y crear cooperativas de ejidatarios que puedan compartir créditos, maquinaria, insumos y esfuerzos, buscando incorporan y apoyar solidariamente a los agricultores más vulnerables. Así se podría combatir la concentración de tierras y aguas que se efectúa a través del rentismo. Por su parte, el gobierno federal debería seguir el ejemplo de Cárdenas de impulsar una política soberana de rescate al campo mexicano, promoviendo dichas cooperativas y otorgándoles créditos baratos y demás condiciones para que su actividad sea rentable. Esto implicaría dejar la lógica del neoliberalismo en el campo y el sometimiento de la economía al T-MEC.
Sé que se dice fácil, pero al menos es un horizonte que nos apunta el legado del General. De esta manera, la figura de Cárdenas sería reivindicada no sólo para la defensa de un patrimonio que se considera privado o como un discurso vacío de gobierno, sino para la defensa de derechos sociales colectivos y de un proyecto de nación soberano y socialista. Así, el General dejaría de ser una escultura petrificada en plazas y avenidas y volvería de nueva cuenta al campo de batalla.




