Opinión

El último lector | De lo humano y político

Por: Rael Salvador

En una sociedad orientada hacia las ganancias —donde los hombres son mercancía—, la violencia cobra protagonismo sin importar el lado en que se encuentre.

Puede ésta —la sociedad de consumo— llevar el membrete de “Izquierda” o de “Derecha”, mas los resultados son similares: antropófaga la violencia, digiere el avance civilizatorio y se planta en la escena con sus ritos de santificación catártica.

Siendo el mismo hombre quien libera la violencia de sus fauces, no difiere de la del narco sanguinario, del terrorismo salvaje, ni de la que se observa en lo oprobioso de las guerras.

En el proceder crítico de una acción política —como marchar en silencio, prender fuego a palacio o desgañitarse en la conflagración de las ideas— el placer que genera el ritual es necesario para el equilibrio psíquico.

Sin esta fuga neurótica, de instintos poco variables —tratándose del ser humano y su erotismo político—, la cultura ya habría concluido la angustia de sus desvelos en esta Tierra.

De ahí que la unión de componentes sociales —la hegemonía de Estado, que incluye a los medios de comunicación (y la tendencia que generan)—, pone a disposición la enfermedad y el remedio: la medida de las acciones, según el interés político —en los enfrentamientos imperantes (la llamada derecha vs. nombrada izquierda)—, será el parámetro para que la estrategia social se considere veneno o medicina.

Tomando en cuenta lo anterior, la tierna beligerancia ciudadana que hoy se toma “contra la violencia y la corrupción” pecan de ingenuidad y de sospecha. Basta con detenerse un poco en la consideración sensata —más allá del delirio chauvinista de algunos “combatientes” de escritorio— para observar con claridad la mano politizada que mece la cuna.

Todo es “político”, no lo olvidemos (el hecho que se nuble su estigma en la consciencia no determina su aniquilación y, mucho menos, su fantasmal acarreo conductual).

Si el Estado, en su entramado de asistencia actual, no responde a expectativas particulares o de firmas comerciales “vividoras” (quienes en otra época abusaron de subsidios a fondo perdido), la ciudadanía inexperta —sobre todo, en prácticas de administración sana y en políticas de rendimiento auténtico— no tomará su lugar.

Hay otro Estado, en chiquito, que se llama Ejército, y él sería el recurso emergente en caso de que la nación se cimbre en disputas civiles de politizaciones mal entendidas y peor llevadas a cabo.

Quien mueve, desestabiliza. Y ello ha sido siempre un interés privado. Y que, otro tiempo —cóndores mirando al Sur—, se llamó “Golpe de Estado”.

Y, las más de las veces, ese pico, esa garra —trátese del Opus Dei o de malévolas injerencias internas, por no hablar de las extranjeras (la de EE UU o Israel, valdría decir, pero es suficiente con los que se levantan muy temprano en el país para hacerle la “chamba” a Trump)— manipula los designios de la ciudadanía y establece una falsa atmósfera donde impera la simulación de una vida económica en constante desgaste, insuficiencia, desplazamiento y robo, como fue llevada cínicamente en sexenios anteriores.

Esa farsa “bucanera” —de corte especulativo— encarna descontento, enojo, insatisfacción, disgusto, contrariedad, enfermedad y desemboca irremediablemente en violencia —ciega por naturaleza—, y la violencia en esas condiciones pone, como se puede constatar: los muertos de avaricia, los muertos de envidia, los muertos de odio, los muertos de ambición y, sobre todo, los muertos de verdad cada mañana.

El poder del narco madruga, pero más lo hace la inconsciencia deseducada.

¿Qué tanto hemos participado en ello? ¿Cuánto hemos abonado para que así sea? ¿Qué fantasmas, vergüenza en mano, rondan las habitaciones inhumanas de nuestra propia existencia?

Han caído cabezas de falsos profetas y reyezuelos advenedizos, y, después de aplacar medianamente la “era del terror” (dos cruentas guerras en la centuria pasada, Vietnam, Argelia, Irak, etc., y conflictos “mierdecillas” del siglo XXI, a decir de un periodista local refiriéndose a Palestina), el mundo ha avanzado en la construcción y refinamiento de sus instituciones civilizatorias: la escuela, la salud pública, la ciencia y la tecnología, los bienes sociales de recreación, esparcimiento y convivencia, el arte…

Mas no hay que dejar de largo que también existen “falsos profetas” y “reyezuelos advenedizos” en las altas cúpulas de la esquizofrenia, en los curules de gobierno, en los partidos políticos (sobre todo, los de corte fascista), en las cámaras de comercio, en los medios de información, en las alfombras rojas de Palacio Municipal y, tristemente, en los feudos de nuestra propia familia…

¿Cómo reeducar en los abismos de nuestra propia sangre?

Buena pregunta.

Hay respuesta —siempre ha existido—, mas no se podría ejercer en tales circunstancias de arrebato vulgar, confusión inadmitida y mesianismo contractual.

Cosas de humanos. Valga decir: demasiado políticamente humanos.

raelart@hotmail.com

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