El último lector | Los falsarios de Oriente Medio
Como un latigazo en el lomo de Donald Trump, las palabras de Nicolás Maquiavelo —en la delectación siempre inapropiada de un escenario muerte— resuenen con cierto regusto a pellejo y sangre: “Las guerras comienzan cuando uno quiere, pero no terminan cuando uno desea”.
Los falsarios implicados, Benjamín Netanyahu y Donald Trump, ávidos de regalías —con sus familiares, esa organización fraudulenta que se hizo visible entre el humo y los cadáveres, en la impaciente espera para la reconstrucción de la ahora llamada, por ellos, la “Riviera de Oriente Medio”— reanudan los bombardeos a La Franja de Gaza, evaluando que el negocio de las bombas resulta más rentable: mientras se mantenga encendido el conflicto, Europa y el mundo están obligados a rearmarse.
Y eso no significa otra cosa que ganancias para los mercaderes del crimen y los negociantes de la destrucción.
El Estado de Israel —rompiendo “alto al fuego”, con el visto bueno de sus protector y surtidor, EE. UU.— de nueva cuenta dice abalanzarse contra las “minorías actuantes” —el aún brazo armado de Hamás—, mas los recuentos recientes de civiles palestinos asesinados no deja de crecer: ciento cuatro homicidios esta madrugada (miércoles 28 de octubre de 2025), entre los que destacan los cadáveres de 46 niños, que se suman a las 21 mil criaturas ya cuantificadas en los 72 mil muertos desde el comienzo de la conflagración.
Con un cinismo que destila lo pútrido de la barbarie, Trump asegura que su “plan de paz” no está en riesgo y, así como así —como si el Sol fuese suyo—, defiende el “derecho” del ejercito de Israel a tomar estas represalias
Vulnerados por la irrealidad de una tregua ficticia, los desplazamientos de palestinos a sus lugares de origen —ruinas sobre cuerpos inermes, destrozados como sus hogares— son atacados con una voracidad de quien ha bebido sangre y todavía se encuentra insatisfecho: una ferocidad descontrolada que linda con los peores cuadros clínicos de la psicosis del odio.
El peligro de esta sinrazón, es que el ejercito israelí no ataca a esas “minorías actuantes” —la resistencia de Hamás—, sino que lo hace contra la población civil, como lo implementó, en abarrotadas ordenanzas militares, desde el inicio del conflicto asimétrico en octubre de 2023.
Jean-Paul Sartre —quien en vida (siglo XX, mayo de 1973) aseguró que los acontecimientos entre el Estado de Israel y Palestina continuarían otros 50 años más— escribió con rigor una sentencia que ilustra los bajos fondos de la situación: «Si no se da la vida por “algo”, se acabará dándola por nada».
¿Qué es ese “algo” que refiere el filósofo francés?
¿La “nada” ejemplificada en humo histórico, porque Netanyahu —y su aparato bélico— imitó a Hitler y se adjudicó la “segunda temporada” del Holocausto?
¿La “nada” peligrosa, esa que se encuentra potencialmente justificada en la movilización del presente —la que llevó a Hamás atacar a Israel— olvidándose de la “reacción” del futuro?
Podría ser también que, en un desenfado de poco valor estratégico —cruel en todo sentido—, el Estado sionista —en su embriagado pandemónium psicopático (nacionalismo de corte militarista, el cual se enneció por la expansión de un “Estado” para sus judíos en suelo palestino)—, ha hecho de la belleza de existir —como sucede en todas las guerras, entrañas del subconsciente mismo— un manicomio con miras al exterminio global.
Todo parece indicar que, cuando la Muerte tiene permiso —y bailotea la limpidez de sus dedos sobre el botón rojo—, las marionetas de este gran circo —deshumanizado, sangrante y ridículo— se contorsionan dando saltitos impacientes en el fuego que terminará por consumirnos.
raelart@hotmail.com




