Opinión

El último lector | Teología de la dominación

Por: Rael Salvador

Vulnerando el Estado laico —separación clara entre religión y gobierno—, cualquier político se adjudica licencia para convertirse en un sacerdote disfrazado de civil, en un demagogo que hace de su ideología una payasada religiosa. 

Lo acabamos de observar en el multitudinario funeral de Charlie Kirk —elevado, con licencia del cielo y anuencia del infierno, a categoría de “mártir” y llamado por el mismo Donald Trump “Evangelista de la libertad”—, realizado este domingo 21 de septiembre en Phoenix, Arizona.

La cosa es sencilla —con música de las tinieblas y coros celestiales—, intentemos comprender. 


El Estado laico establece una clara separación entre la religión y el gobierno, asegurando la independencia de las instituciones, oponiéndose al abuso retórico que profesa la existencia de un “Dios”, sobre todo para manipular las mentes de los ciudadanos —con agregados partidistas— en cualquier estrato de la sociedad.   

Así como nunca nos toparemos con un sacerdote del todo creyente del cliché de su fe, jamás encontraremos a un político que diga la verdad. La verdad no es asunto de iglesias ni de partidos políticos. Quizá ni de la especie humana: existen “los hechos”, pero pueden más las interpretaciones. 

Los políticos y los sacerdotes saben muy bien el negocio y trabajan para él. Poseen, como todo gremio, su secreto profesional. 

Un acto de fe convierte la ginecología en psiquiatría.

No hay que creer a quienes siempre hablan por otros —sobre todo de los muertos—, haciéndose apología de ecos, fetichismo argumental que constituye la politiquería simplista, donde la facilidad verbal o escritural de la acusación, carente de probidad alguna, pretende pasar por definitiva.

En el mercado de los hechos sociales, uno puede servirse de la palabra, mas la palabra política, como es sabido, siempre oculta sus intenciones: sobre todo para engañar al cliente necesitado y convencerlo de la oferta ideológica, o, dado el caso —como lo acabamos de constatar—, religiosa.

El adversario, a lo largo y ancho del planeta, instala su propia cadena de sobrevivencia: la ideología contraria.

Para abrir un diálogo inconducente, donde los muertos dicen que hablan y los vivos “muy vivos” se pasan de palabras, sobra con las religiones.

Una cosa es ser un creyente convencido y otra un convertido en creyente. Entre uno y otro, media la pureza moral de la educación: “ningún grado de convencimiento, en relación a ciertas creencias, las convierte en conocimiento”.

Anclado a una idea, cualquier fascista desconocido llega al fondo de una ilusión rotunda, para convertirse en una persona genocida. 

En la patología política, un acto de fe convierte la ginecología en psiquiatría, lo mismo que la probabilidad de “uno” en la seguridad de 3 mil. 

El presidente Donald Trump acaba de escupir fuego: “Sin fronteras seguras, sin ley y sin Dios, no hay Estados Unidos”. Agregando: “Y yo no, lo siento, Erika [esposa de Kirk], yo los odio”.

El rencor —como podemos apreciar— no es una política, sino un estado de ánimo.

Para ejercer una ideología sin concesiones, hay que ser un político sin contradicciones: no se puede criticar a la oposición con la evidencia de satisfacerlos.

Tras la capa inorgánica del lenguaje, existe una lama productiva que se llama ideología y que muchas veces se confunde con la ciega “fe” religiosa, pero que igual no permite observar con claridad la matriz recargada del producto.

Así como un político es un sacerdote disfrazado de civil, es decir un demagogo que hace de su ideología una payasada religiosa; un apologista de “su verdad” no es otra cosa que un diletante que desea hacer responsable a los otros de sus propios y generosos dotes de ficción. 

La ficción histérica es un terreno de señoritas históricas, donde la furia de la subjetividad —larga trenza de oro metafórico— impone su lógica suprema.

Efecto de realismo: ofrece la impresión de que la realidad se narra a sí misma, causando la ilusión de “realidad”.

Así como la razón adviene en el espacio de la ética, el fascista nace en el tumulto de una sola idea: los “impuros”, como enemigo a vencer. 

Para el dolor la felicidad es un veneno.

raelart@hotmail.com

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