Opinión

La inmortalidad del cangrejo

Por: Mireya Cuéllar

¡¡Gracias Martín Caparrós!!

«Nací, y sólo por nacer me perdí tantas vidas. ¿Por qué cuernos fue en Buenos Aires a mediados del siglo XX y no en Florencia en el XIV o en Shanghai a fin del XXII o en una tribu de zulúes victoriosos?», se pregunta Martín Caparrós en Antes que nada, un libro de memorias que arrastran un momento de la historia argentina y una reflexión sobre la vida y la muerte.

Son un feed back sobre una generación que es también la de muchos de nosotros. Caparrós nació en 1957 y su vida está marcada por golpes militares, exilios, viajes, el trabajo periodístico y la escritura. Y al final, por una enfermedad muy hijaeputa – esclerosis lateral amiotrófica (ELA)- que hace que tu cuerpo se te escape, se vuelva en tu contra, describe él.

La historia de la perra Laika -el primer ser vivo en orbitar la tierra cuya vida nos recordaba cada tanto la revista de la URSS-; la revolución cubana; el ascenso al poder de Salvador Allende y el golpe militar después; las historias de la revista Selecciones (de Reader’s Digest )… el asesinato de John Kennedy, las guerrillas en México y América Latina, formaron parte de los temas que en los años 70 se discutían en las mesas de la casas o cuyos ecos vivimos muchos mexicanos (y por lo visto también latinoamericanos). Todo avanzaba más lentamente y teníamos tiempo para masticar mejor la vida o para atragantarnos con ella.

Todo esto es para platicarles las muchas evocaciones que Caparrós trajo a mí, la memoria que destapó su libro, las preguntas que me dejó. Las 655 páginas de Antes que nada, me devolvieron a la infancia y sobre todo al Puerto de Veracruz.  A los primeros años de la Universidad, los inolvidables años 80 del siglo XX, cuando vendía libros con Antonio “el negro” Coria, un argentino muy lindo tipo y con Pepe Plada y el gordo Mass, uruguayos.

Leyendo a Caparrós recordé -como si la estuviera viendo- a mi amiga Claudia con el puño en alto y la voz grave cantando: «¡Perón!, ¡Perón!, qué grande sos!», en el segundo piso de su casa de la calle Primero de Mayo; los discos de Nacha Guevara, los libros que vendía y leía en las ferias sobre los Tupamaros o la ESMA -la famosa cárcel argentina durante la dictadura, instalada en la Escuela de Mecánica de la Armada- … El Tábano, de Ethel L. Voynich.

“El Negro” Coria era un argentino que iba a todos lados con un viejo portafolios de piel y actitud paternalista. Nos consiguió el hotel donde quedarnos en Puebla cuando le dijimos -Claudia y otras amigas de la UV- que queríamos ir a unas platicas que darían los periodistas más famosos del país en ese momento, los de La Jornada. Era su primer o segundo aniversario y Sara Lovera, Blanche Petrich, Magú, Ángeles Mastretta, Pedro Valtierra, entre muchos otros jornaleros de entonces, darían unas conferencias para celebrar. Como seis nos acomodamos en un cuarto y nos abrimos paso en aquellas charlas.

Fueron años de intenso aprendizaje de historia y literatura latinoamericanas. Exiliados políticos, cada conversación con ellos tenía referencias a un país y una lucha en Argentina, Perú, Colombia o Uruguay; Pepe Plada me contagió el gusto por Los Olimareños -este domingo los escuché después de miles de años, nunca imaginé que estuvieran en Spotify -y me transmitió el dolor de un hombre que debió huir dejando atrás un país, una mujer y un hijo que amaba-. Contaba una historia que le gustaba. La de alguien que al día siguiente de volver a Montevideo publicó en un periódico a plana completa: “(fulana) Nunca te dejé de amar”.

A la Maga y Oliveira los considerábamos parte de nuestra vida; las películas de Godard y Luis Buñuel -con el auspicio de la Alianza Francesa de Veracruz que organizaba maratones nocturnos y podías empezar a ver una película, dormir un rato y despertar en la siguiente…; los autores del boom latinoamericano; la trova… todo en las noches bochornosas (como la de hoy en Tijuana) de una vida que se fue… Gracias Martín Caparrós, gracias “Negro”, gracias Pepe Plada…

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Antes que nada es un texto personal, escrito con una claridad para mirarse al espejo que seguramente crece en la certeza de estar muriendo. Todos estamos muriendo un poco cada día, pero a él su cuerpo se lo escupe sin tregua.
Ahora que está condenado se pregunta: «no entiendo cómo antes no era muy feliz… enormemente feliz. Despiadadamente feliz…», no hay en el libro una línea para la conmiseración, todo para la reflexión.

*Cuando el camino se alarga/ qué  lindo es ir recordando/ que no hay mejor compañero que el recuerdo caminando … (Milonga del Caminante, Colección Histórica 2 de Los Olimareños).

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