Opinión

El nuevo panafricanismo en puerta

Por: Dr. Djamel Toudert*

El panafricanismo inicial, asociado a los movimientos de resistencia y liberación, si bien logró impulsar las independencias nacionales, cumplió a medias con su promesa de descolonización y desarrollo autónomo de los pueblos del continente africano frente a la depredación externa. Aún sin cerrar por completo el ciclo de la descolonización, el continente se enfrenta a nuevos procesos de recolonización. En efecto, cuando la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO), antigua colonia española ocupada desde 1975 por Marruecos, busca resolver el conflicto ocupacional de la última colonia del continente, paralelamente, en otras regiones, se observa una alternancia favorable a nuevos intereses regionales. Últimamente, el despido gradual de las potencias occidentales de sus feudos económicos y estratégicos dio paso a un reemplazo por intereses emergentes de países como China, Rusia, Turquía, Israel, entre otros. En el marco de esta lógica de sustitución, se fortalece de manera contradictoria una importante ola subversiva impulsada por una juventud que domine las herramientas de la mundialización (como las redes sociales) e integra la experiencia emancipatoria, en el seno mismo de los países occidentales, de la diáspora africana. 

El reciente panafricanismo se presenta como una síntesis favorable de las condiciones sociodemográficas, geopolíticas y socioculturales, lo cual facilita la creación de nuevos instrumentos para una integración regional libre de la dominación neocolonial. El proyecto de alianza de los países del Sahel, nacido recientemente a partir de golpes de estado soberanistas, retoma de alguna manera la aspiración de formar grandes conjuntos regionales, similar a la Federación de Mali a finales de los cincuenta. En este contexto, la transición de un autoritarismo tradicional al servicio de intereses occidentales hacia uno arraigado en la cercanía al pueblo, parece entusiasmar a los liderazgos locales y regionales, fortaleciendo así el nuevo panafricanismo. La creciente influencia de otras potencias regionales, como Etiopía y Argelia, junto a Sudáfrica y Egipto, ha posibilitado que África alce su voz en la arena internacional. Incluso se plantea la posibilidad de solicitar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU para un continente que durante mucho tiempo ha sido relegado a una posición periférica en el ámbito global.

La nueva colaboración que parece surgir entre estados francófonos y anglófonos está acompañada por el posicionamiento de potencias emergentes que desarrollan sus redes comerciales y diplomáticas con países ricos en recursos naturales y humanos. Los recientes intereses de China, Rusia y Estados Unidos, entre otros, suelen ir acompañados de una reconfiguración de las alianzas con potencias tradicionales. La reciente disolución del eje Francia-África es un claro ejemplo de los desafíos que parecen allanar el camino hacia una interacción política y económica diferente, con una nueva generación de liderazgos locales. En países como Níger, Burkina Faso, Mali, Chad e incluso Senegal y Costa de Marfil, se está concretando de diversas maneras la salida de Francia de sus enclaves económicos y militares, en el contexto de una creciente oposición al Franco de la Comunidad Financiera Africana. 

Con la retirada del Comando de Estados Unidos para África (AFRICOM) en 2024, la lucha antiterrorista en el Sahel es apoyada por los rusos y su milicia Wagner. Los rusos establecidos en Libia, con una presencia más consolidada tras su retirada de Siria, participan en una oposición multipolar junto a otras potencias emergentes, como Turquía. Sudán, tras la división de su territorio tradicional, enfrenta en su entidad norte procesos de desestabilización apoyados por Israel y los Emiratos Árabes Unidos, a través de sus proxis en la región. La misma alianza entre Israel y los Emiratos que eligió otro nicho en Marruecos, envenena la vecindad con Argelia que ya por si estaba ardiendo y no necesitaba de arrojar más aceite al fuego con la legitimación de Francia a la ocupación ilegal del Sahara Occidental. La beligerancia mediante proxis locales alimenta otros conflictos, algunos de carácter frío como el que enfrenta a Egipto y Etiopía, y otros sangrientos como el de Movimiento M23 apoyados por Ruanda contra las poblaciones de la República Democrática del Congo. Como si fuera poco, grandes liderazgos continentales como África del Sur se encuentren atravesados por separatismos inducidos que dificultan la tarea de fortalecer y concretar la lucha histórica – entre otros- de Kwame Nkrumah y de Thomas Sankara. El adagio “divide y vencerás”, que fue enfrentado y arrollado por el sueño panafricanista que habito los movimientos de liberación nacional, parece estar resurgiendo para neutralizar los deseos de emancipación y libertad de una «África para los africanos». ¿Qué futuro espera este continente lleno de vida y solidaridad? 

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