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Opinión

El estante de lo insólito | Silvia Pinal, personaje del máximo cine / Raúl Criollo y Jorge Caballero

Por: Raúl Criollo y Jorge Caballero

«El cine sí es arte, pero es lo más difícil porque dependes, eres lo que el director quiere, lo que él ve, no controlas tu imagen. Sin embargo, es lo que queda de un actor»
Silvia Pinal

Nacida en Guaymas, Sonora, llegó a la capital del país siendo niña y sin padre; su madre veló sola por ella. La labor de su mamá estaba en un negocio cercano a la importante radiodifusora XEW y, cuando la pequeña estaba cerca de la edad para ingresar a la escuela primaria, llegó el compromiso de su madre con un periodista reconocido, lo que las llevó a vivir temporalmente en muchas partes del país, por lo que sus estudios se fragmentaron en escuelas de distintas ciudades, hasta se estableció en definitiva en la Ciudad de México. Con una línea de aptitud artística muy evidente, tomó parte en distintos montajes escénicos, antes de recibir gran atención por convertirse en Princesa Estudiantil de México. De una belleza que capturaba, destacaba sobre todo por su carácter alegre y su carisma, era la típica persona que a todos agradaba, pero ella no tenía interés en ser «rostro bonito» y entró a estudiar actuación formalmente. Entre locuciones para dramas radiales y un primer acercamiento al set, nacía una de las actrices mexicanas más conocidas internacionalmente: Silvia Pinal.

Hecha para el cine

En 1948 vivía un romance con el actor Rafael Banquells, quien la acercó a los teatros importantes con producciones en que ya podía mostrar su real potencial, luego de intentos fallidos como cantante, con estudios incipientes en Bellas Artes. Con días de diferencia entre el dominio del proscenio al llamado del séptimo arte, Silvia hizo su debut fílmico con un pequeño personaje en Bamba (Miguel Contreras Torres). No hubo que probar más; las ofertas se multiplicaron y siguió con papeles en El pecado de Laura (Julián Soler, 1949), Escuela para casadas (Miguel Zacarías, 1949), La mujer que yo perdí (Roberto Rodríguez, 1949), y particularmente la cinta Puerta joven (Miguel M. Delgado, 1949), que le daría otra exposición al trabajar al lado de una figura ya en el gran estrellato internacional: Mario Moreno Cantinflas.

Pero más que ese momento, su huella en la comedia quedaría con las dos películas que hizo con Germán Valdés Tin Tan: El rey del barrio (1949) y La marca del Zorrillo (1950). La primera es considerada la gran obra del cineasta Gilberto Martínez Solares con el cómico, con el personaje del eterno perdedor, de tan buenos sentimientos que es incapaz de lograr el golpe como ladrón que lo saque de pobre, en favor de su amado hijo adoptado, Pepito (Ismael Pérez), y enamorado de la noble Carmelita (Silvia). Tin Tan le canta Contigo, la maravillosa canción de Claudio Estrada, mientras Carmelita queda prendada de su encanto y su beso robado. Silvia luce estupendamente, lo mismo que en su divertido personaje (con acento indígena prototípico) de enamorada, ingenua, enojada y largamente besada en los enredos de espadas y dobles identidades, con Tin Tan como Zorrillo. Con la misma dupla, Valdés-Martínez Solares, la Pinal filmó Me traes de un ala (1952).

Silvia siguió creciendo en el teatro; tuvo un protagónico con Carmen Montejo y Manolo Fábregas en Celos del aire, y después hizo teatro experimental dirigida por Ignacio Retes en El cuadrante de la soledad, escrita por José Revueltas, reuniendo los talentos de Silvestre Revueltas en la música y de Diego Rivera en el diseño escenográfico. En el cine, fue musa en El amor no es ciego (Alfonso Patiño Gómez, 1950) para que el boxeador Pancho Kid (David Silva) subiera a fajarse al encordado para conseguir el dinero a fin de que Malena (Silvia) pudiera tener su operación de la vista y tras varios personajes poco recordados, hay otros afortunados como el caso de Mimí en El casto Susano (Joaquín Pardavé, 1954), o el de María Aguirre en Yo soy muy macho (José Díaz Morales, 1953), Silvia interpretó a Sonia en la celebrada Un rincón cerca del cielo (Rogelio A. González, 1952), con el duro reto de trabajar en un papel de mucha exigencia con Andrés Soler, Pedro Infante y Marga López. Quien había pensado que sólo era una cara atractiva del cine, se convenció de que Silvia era una actriz. Con Pedro y Rogelio filmó después la exitosa El inocente (1955).

En los años 50 obtuvo los tres premios Ariel de su carrera, primero por la citada Un rincón cerca del cielo, y después por Locura pasional (1955) y La dulce enemiga (1956). Más de una actuación posterior pudieron merecer la estatuilla, pero no necesitó más para considerarse una de las actrices más importantes de la industria nacional. Sin embargo, más allá del reconocimiento crítico, la película que la convirtió en estrella fue el largometraje Un extraño en la escalera (Tulio Demicheli, 1954), donde estelarizó junto con Arturo de Córdova, auténtico «gigante» del cine mexicano en ese tiempo. Incluso, fue el actor quien debió dar su aprobación para que la joven Pinal fuera su coestelar. Como ha contado la actriz, le recomendaron ir a la prueba con una imagen más seductora, lo que la haría parecer de mayor edad y en el tono que necesitaba el personaje. Desde ese momento nació Silvia como símbolo sexual de nuestro cine. Con Arturo hizo después El hombre que me gusta (Tulio Demicheli, 1958), pero nunca culminaron su declarado enamoramiento fuera del set.

Estrella de Buñuel

Ernesto Alonso, estrella en Ensayo de un crimen (1955), le dijo que ella, talentosa, atractiva y en gran momento, debía buscar un papel en alguna película de Luis Buñuel. El acercamiento con el cineasta aragonés de hecho arrojó la propuesta para que ambos estelarizaran Tristana; lamentablemente, eso no pudo prosperar en ese tiempo (Buñuel la filmaría en Europa muchos años después), pero la ocasión se dio con Viridiana (1961) que, a propuesta del productor Gustavo Alatriste, se hizo en España, lo que fue emocionalmente difícil para el director, que retornó a su patria, abandonada, creía él, para siempre.

La película se considera una de sus obras más notables, consignada entre lo mejor del cine mundial: la novicia Viridiana visita a su tío, don Jaime (Fernando Rey), poco antes de consagrarse como monja. El encuentro pasa por la perversión erótica, la división de herencia, el alojo en propiedad de mendigos como acto de caridad cristiana, el riesgo de la violación, el asalto y la muerte, el alejamiento de la vocación… Silvia, mujer sugestiva, sonriente, jovial, mostró con ese personaje que tenía todo aquello que se espera de una actriz de primer orden, lo que mostró con distintos matices en producciones como La dulce enemiga (Tito Davison, 1956), Una cita de amor (Emilio Indio Fernández, 1956) y Una golfa (Tulio Demicheli, 1957).

Después hizo dos filmes clásicos más con Luis Buñuel. El ángel exterminador (1962) y Simón del Desierto (1964). En la primera hizo el personaje de Leticia La Valkiria, quien lleva rienda en el caso de los desesperados burgueses incapaces de abandonar un espacio en la residencia de los Nobile. Con Simón hizo su primer desnudo, personificando a un ser diabólico seductor que inquietaba al entregado Simón (Claudio Brook) en su seguimiento de fe desde una torre. La actriz tuvo muchos papeles difíciles, no sólo por mostrarse desnuda o sugerente, sino por la naturaleza de su historia, como los que hizo en Las mariposas disecadas (Sergio Véjar, 1977) y Divinas palabras (Juan Ibáñez, 1977), donde es agredida por una multitud.

Productora arriesgada

Silvia Pinal ha emprendido caminos de los llamados «innecesarios» cuando se ha logrado una posición, pero nunca se conformó con ser figura, por lo que siempre buscó nuevos proyectos, lo mismo en el teatro musical que en la televisión, de la que fue impulsora de formatos y esquemas de trabajo que hoy son cuenta corriente en la televisión comercial. Pudo realizar grandes producciones en el estilo de las que llenaban las marquesinas en Broadway, con especial éxito en los suntuosos montajes de La jaula de las locas, Mame y Hello Dolly, donde invitó a Ignacio López Tarso. Tuvo su propio teatro y en televisión logró gran éxito con Silvia y Enrique, en mancuerna con su entonces pareja sentimental Enrique Guzmán, con quien también filmó Cómo hay gente sinvergüenza (José Estrada, 1971) y siempre buscó hacer las cosas con gran calidad, lo que tampoco faltó en su paso en la política como legisladora, donde, entre otras cosas, impulsó modificaciones a la ley de cinematografía y a la fiscalización del teatro. Se retiró del cine con Modelo antiguo (Raúl Araiza, 1991), sobre la novela de Luis Eduardo Reyes. Fue un buen papel en la etapa madura de su carrera, después de años de rechazar propuestas cinematográficas sin una pieza que le atrajera.

Legado vivo

Con el porte y la serenidad que tiene en el famoso cuadro que le pintó Diego Rivera en 1956, Silvia Pinal ha visto pasar los años con actividad y aplomo. Muchos nuevos cinéfilos la descubren y sienten la misma fascinación por esa mujer que nunca se sintió diva, pero fue tan grande como cualquiera de las actrices más glamorosas de nuestro cine. Entre la gran cantidad de programas que condujo para la televisión, sus obras de teatro y su filmografía, hay siempre una imagen de Silvia que destaca en las antologías de lo mejor. Con la sonrisa devastadora de La sospechosa (Alberto Gout, 1954) o el gesto duro que concentraba el drama en La soldadera (José Bolaños, 1966), Silvia Pinal estará para siempre como gran símbolo del cine mexicano.

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