Blanche Petrich, víctima de infame ultraje en un aeropuerto de Honduras
21 de septiembre.- Ante la alerta que se encendió entre organizaciones de defensa de los derechos humanos y de protección a periodistas por haber sufrido una retención en el aeropuerto hondureño de Palmerola, quisiera, en primer lugar, agradecer a todos los que se movilizaron, brindaron su solidaridad y me ayudaron a mantener la calma ante la sinrazón de las autoridades hondureñas.
Ayer por la tarde, durante mi viaje de regreso a México, al pasar por el filtro de seguridad advertí, como siempre lo hago en todos los aeropuertos desde hace muchos años, que uso un aparato ortopédico que lleva cuatro barras metálicas, una bisagra de platino y dos cubiertas de fibra de vidrio. Yo lo llamo mi maravilloso exoesqueleto.
En ese momento, en medio de la fila, me ordenaron quitarme el aparato. Expliqué que para eso tendría que quitarme los pantalones y los zapatos y que, de ninguna manera, lo iba a hacer.
Entonces me trasladaron a un cubículo de revisión, custodiada por dos policías y dos agentes de la división de seguridad aeroportuaria. Me separaron de mi compañera de viaje, Erika Guevara, coordinadora global de Amnistía Internacional. Me dejaron sin mi mochila, pasaporte y celular. Las oficiales volvieron a ordenarme que me quitara el pantalón. Respondí que lo haría, pero bajo protesta, porque era un trato discriminatorio y humillante. Me dijeron que eso no era posible, que tenía que hacerlo “voluntariamente”. De lo contrario, no me dejarían subir al avión. Me mantuvieron incomunicada.
Desfilaron por el cubículo, uno tras otro, tres oficiales, cada vez de mayor rango, con quienes se repitió la misma conversación: tenía que quitarme la ropa “voluntariamente” (bajo coacción). Finalmente, pudo pasar la abogada Guevara. Ambas contactamos a la embajadora de México en Honduras, Susana Peón de Iruegas; a las autoridades hondureñas responsables de derechos humanos, y a los colectivos de defensoras y activistas con quienes durante cuatro días habíamos convivido en un campamento en solidaridad con el pueblo garífuna.
Transcurrió más de hora y media. Se acercaba la hora de abordar. En un momento, le aseguraron a la embajadora que yo ya estaba en la sala de espera. Falso. Seguía retenida.
Finalmente, ofrecieron dejarme pasar a cambio de que me sometiera al body scan, alternativa que yo había propuesto desde el primer momento. Poco antes de que comenzara el abordaje, se resolvió esta absurda situación con la “aclaración” del oficial en turno de que me estaban haciendo un favor.
Cabe señalar que la seguridad aeroportuaria depende de la Dirección Nacional de Inteligencia, comandada por el coronel Carlos Gustavo Soto. También fui interrogada sobre quiénes me invitaron a Honduras y qué actividades realicé.
Infinitas gracias a la embajadora, a la comisionada de Derechos Humanos de Honduras, a la coordinadora de Ofraneh, a los colectivos, amigos y a mis compañeros de La Jornada. Pero, sobre todo, a la abogada Erika Guevara, que me respaldó y defendió en todo momento.




